El sociólogo Orlando Fals Borda. Atrás, una foto de Camilo Torres, con quien trabajó en proyectos de responsabilidad social.

Fotos: Unimedios

 

Esos centralismos, de hacerlo todo en Bogotá, fueron un error. Estoy de acuerdo con que la Universidad Nacional sea nacional.

 

La empresa es la que pone las condiciones y la universidad la que cede. Eso es bastardizar el conocimiento

 

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Una visión de conjunto es la que la universidad verdadera debe enseñar a comprender: el conjunto de las cosas. En otras palabras, universidad sin holismo no es universidad, es un tecnológico

 

 

La responsabilidad social es la justificación de la Nacional como institución: Fals Borda

El sociólogo barranquillero Orlando Fals Borda habló sobre la relación que debe tener la Universidad Nacional con la comunidad, especialmente la más desprotegida. En entrevista con Carta Universitaria, Fals Borda lanzó duras críticas al actual sistema educativo, pero elogió la idea de que la Universidad está orientada a tener una cobertura nacional.

José Luis Barragán Duarte
Unimedios Bogotá
y Rafael Malagón
profesor UN

 

En el último año, Orlando Fals Borda, profesor emérito de la Universidad Nacional de Colombia, se convirtió en el primer latinoamericano en obtener dos reconocimientos mundiales en sociología y antropología.

Ganó el Premio Malinowski, concedido por la Sociedad de Antropología de Norteamérica, y el Diskin, entregado por Latinoamerican Studies Asociation, Lasa.

El sociólogo barranquillero obtuvo estos galardones por su trabajo con la Investigación Acción Participativa (IAP), estudio que lo hizo un colombiano universal, dado que esta cátedra es dictada por universidades de cinco continentes.

Esta labor académica tuvo sus orígenes en 1959, cuando se vinculó a la Universidad Nacional. Poco tiempo después creó, en compañía de Camilo Torres, la primera facultad de sociología de América Latina.

Desde este espacio se convirtió en uno de los principales pioneros de la labor de contacto que la UN realizó con la comunidad. Carta Universitaria entrevistó al profesor Fals Borda sobre las actividades condensadas bajo el rótulo de responsabilidad social en los últimos 50 años.

Carta Universitaria: ¿Qué recuerda de sus experiencias en el período de la Universidad Nacional en los años sesenta?  

OFB: Quizá la más importante fue la conformación y funcionamiento de lo que ya se puede ver como la primera junta de acción comunal, que fue en la vereda Saucito, en el norte de Bogotá, en Chocontá.

En eso, la Universidad Nacional tuvo mucho que ver porque yo era Decano y Camilo Torres, profesor, y de allí salió toda una serie de directrices para dar a conocer qué era eso de la Acción Social Universitaria. Camilo conformó la primera Comisión Universitaria de Relaciones con la Comunidad, que fue algo extraordinario.

Fue la primera vez que vi que se podían tumbar los muros que separan y han separado a la Universidad Nacional de la comunidad circunvecina o cercana. Esta junta la presidió Camilo Torres, conformada por representantes de profesores, estudiantes y trabajadores, y la idea era sacar a los profesores y estudiantes de la UN y llevarlos a los barrios y veredas para trabajar, enseñar y aprender de las realidades que no se observan en la academia.

Convencimos al Rector de la época, al doctor Ramírez Montúfar, que diera orden de que los buses de la Universidad Nacional se pusieran a la orden de la Junta, lo cual se hizo. Cada semana salían cuatro o cinco buses. Éramos como dos mil estudiantes y profesores que salíamos a las calles y los barrios.

A los ocho meses, como esas corrientes de aparentes trogloditas o de proletarios iban y venían, invadiendo la Universidad Nacional, sentándose en sus aulas y pupitres, pues llegó el momento en el que se dijo que eso era peligroso y eso se acabó.

CU: ¿Qué los motivó a conocer la realidad de la comunidad?

OFB: Al principio, más que todo era alfabetización y cosas sencillas como enseñanza de la historia y la geografía de Colombia. En un comienzo lo hicieron las ciencias humanas, pero los más activos en este proceso fueron los agrónomos y veterinarios, porque ellos salieron a las veredas y tuvieron contactos allá.

De todas las facultades de la Universidad Nacional hubo estudiantes y profesores. De odontología, ni se diga. Era un ejército de 2.000 personas. Era como una tercera parte de la Universidad Nacional y fue tanto que se asustó la autoridad y dijo que esto era un asunto subversivo, que no se podía permitir más y, entonces, nos quitaron los buses y los recursos. Se acabó esa experiencia, pero quedó la semilla puesta. Eso estuvo bien.

CU: En un principio, esas labores no estaban ligadas a la reflexión académica e investigativa. Después, ¿cómo entra esa preocupación a esas acciones?

OFB: Cuando se habla de investigación, adquiere otro cariz, y en ese sentido, les cuento que cuando se hizo la Facultad de Sociología, el primer interés fue el de estimular la investigación, investigación seria: personal y calificada.

Se descubrió que la Universidad Nacional, con excepción del Instituto de Estudios Naturales, no hacía ningún tipo de investigación. Entonces, sociología sacó las primeras monografías de investigación real de la UN.

CU: ¿Cómo veían los académicos este tipo de procesos?

OFB.  Lo vieron como una peligrosa amenaza a lo que ellos llamaron cientificidad. Para ellos, la ciencia era lo que venían haciendo, sin darse cuenta que estaban condicionados a su propia formación. No fue simplemente una forma de transmitir conocimiento, sino una forma de subsistencia.

Se le veía como una amenaza, no solo a la ciencia, sino a su posición y a los intereses creados económicos y de poder dentro de la Universidad Nacional. La Investigación Participativa no era ni seria, ni acumulable, y contradecía los criterios y principios, escuelas y paradigmas vigentes, que eran principalmente positivistas. 

CU: ¿Cómo fue el trabajo social entre los años 70 y 80?

OFB: La universidad sin muros, que llamo, apenas se intenta en algunos sitios como en Cornell y Tennesse, a veces por razones muy prácticas. ¿Qué pasaba en esta última, que con el crecimiento de la ciudad quedó rodeada de tugurios negros, desde hace mucho tiempo?

¿Cuál fue la reacción de la universidad? La tradicional: levantó muros para que no entraran los negros. Entró la IAP por otros lados y, al cabo de tiempo, esos muros, ahí sí físicos, desaparecieron y la Universidad cambió su tono, su manera de trabajar. En Cornell, igual.

La universidad, sea directa o indirectamente, es afectada por la juventud. Son los jóvenes los que insisten en que cambie el paradigma tradicional. Inclusive, aquí en la Nacional está ocurriendo.

Ahora sí ocurren cosas extraordinarias como lo que pasó en la Facultad de Matemáticas de la UN. Un grupo de profesores de la IAP hizo una tesis para determinar si había otras formas de concebir las matemáticas a la forma de Pitágoras, y descubrieron que Pitágoras era uno entre 2.000. De ahí nació un interés disciplinario distinto que ahora se llama etnomatemáticas.

Esa es la universidad. Está sembrando. Porque estos cuatro jóvenes de matemáticas de la Nacional se graduaron con tesis honoris causa. Pero como la IAP dice que estos son procesos de larga duración o mediana, a los etnomatemáticos no los han dejado y han seguido trabajando con los indígenas, con otros nuevos grupos, y persisten en esa vía. Esos estudiantes no solamente salen buenos matemáticos, sino buenos observadores de la sociedad y con ánimo de transformarla y mejorarla.

CU: ¿Cómo valorar hoy en día la relación entre la Universidad y la comunidad, en el marco de tendencias como el negocio?

OFB: Diría que es un dilema que es fácil de resolver. Lo que se quiere con esa modalidad de vincular a la llamada universidad con las empresas y la mentalidad mercantil, es tecnología o es universidad. El instituto tecnológico, como el que se inventaron en Francia en el siglo XVIII y XIX, es un paso atrás. Pero si se necesita, para eso está el Sena y otras institutos que puedan ofrecer ese tipo de personas calificadas en técnicas, que conocen muy bien el ojo, pero no la cabeza, que conocen el colon, pero no el cuerpo.

Una visión de conjunto es la que la universidad verdadera debe enseñar a comprender: el conjunto de las cosas. En otras palabras, universidad sin holismo no es universidad, es un tecnológico. Admito que, de pronto, haya necesidad que las empresas quieran tener personal que maneje máquinas, que lo examine a uno, como los médicos que para examinar las piernas empiezan por la cabeza hacia abajo, muy bien, pero ¡pasándome por unas máquinas!

Lo que diga la máquina y no lo que diga el médico, y le sacan a uno un platal para decirme que todo está bien. Y entonces viene, en cambio, mi hermano, que es médico general, y con observarme las piernas me dice: “Tú tienes una atrofia muscular y tienes que hacer unos ejercicios”. Me ve como un ser humano, y no me pasó por ninguna máquina.

Que me traten como a un ser humano. Eso no se aprende en la tecnología. Se aprende con el holismo en una universidad y con el curso de la vida. Una universidad del futuro es de ese tipo. Entonces, lo que están tratando de hacer aquí es hacer negocios de la formación tecnológica. Pero una formación del carácter, una orientación para la vida y un entendimiento a fondo, de dónde uno está ubicado y qué tipo de problemas tiene personal y colectivamente, esa es la función de una nueva universidad.

CU: ¿Cómo ve la relación universidad-Estado y universidad-empresa y cómo era antes?

OFB: Las condiciones las poníamos nosotros, los profesores, no la empresa, ni los sindicatos. Los profesores teníamos el bastón de mando. Nosotros queríamos hacer algo constructivo y no solamente productivo. En cambio, ahora es al revés. La empresa es la que pone las condiciones y la universidad la que cede. Eso es bastardizar el conocimiento. La Universidad no puede prestarse para una cosa de esas.

CU: ¿Qué amenazas se ciernen sobre la acción social que desarrolla la universidad cuando se le conmina a salir al mercado a conseguir recursos para desarrollar esta labor?

OFB: Son negativas. Las políticas de Marco Palacio, en su segunda administración, de intentar cerrar las sedes de la Universidad Nacional fuera de Bogotá, resultaron un error garrafal del espíritu universitario. Como la sede Arauca no paga, entonces había que cerrarla. Y esa no debe ser la mentalidad universitaria, sino vincular a la comunidad local en los asuntos universitarios.

Esos centralismos, de hacerlo todo en Bogotá, fueron un error. Estoy de acuerdo con que la Universidad Nacional sea nacional. Que siga impulsando esa política que venía impulsando Guillermo Páramo. Y que la gente de San Andrés y Providencia encuentre en la Sede de la UN un mínimo de enseñanza e investigación, de nivel universitario y mundial. Y no que cierren a San Andrés porque no paga. Esa mentalidad neoliberal es la que no comparto.

CU: ¿Cuál es el papel de la Universidad Nacional en lo relacionado con la responsabilidad social?

OFB: Es la justificación de su existencia como institución. La vería justificada si se acerca más a la realidad y al contexto de nuestra sociedad y de nuestro contexto natural, en otras palabras, el trópico.

El trópico no lo ha resuelto ninguna universidad del norte, sino que lo explota y lo destruye. En cambio, nosotros, que pertenecemos al trópico y que tenemos entradas propias al conocimiento tropical y de sus elementos, de su gente, tenemos ahí una gran responsabilidad de recrear y volver a crear conocimientos, adaptables y adaptados a este contexto.

De allí saldrá, seguramente, toda una acumulación de conocimiento científico y técnico, desconocido por la ciencia cartesiana, que ha sido muy importante y muy acumulada, pero que no da más, sino para destruir y autodestruirse. Eso es lo que he entendido. Hay un “principio de trópico” que se está aplicando en ese tipo de ciencias del conocimiento.

Aquí en Colombia tenemos un mundo por descubrir y desarrollar. Eso obliga a repensar lo que se enseña en la universidad y cómo se enseña.

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