Estas dos pequeñas compartieron sus conocimientos durante el encuentro de los estudiantes del Colegio Iparm de la Universidad Nacional de Colombia con los de la Escuela Mochuelo, de Ciudad Bolívar

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Tiempo para la diversión y para armar equipo, cuando de jugar al fútbol se trata.Los pequeños de la Escuela Mochuelo vencieron 2-1 a los niños del Iparm.

 

La visita de los niños del Iparm sirvió para que pudieran compartir algo de comer con los de la Escuela Mochuelo.

 

Una clase inolvidable en la Escuela de Mochuelo

Los niños de primer grado del Instituto Pedagógico Arturo Ramírez Montúfar, Iparm, de la Universidad Nacional de Colombia Sede Bogotá, visitaron a los estudiantes de la Escuela Mochuelo Alto de Ciudad Bolívar. Los estudiantes del Iparm les llevaron cuadernos y lápices. Los de Mochuelo los recibieron con un bom bom  bum y sus historias de vida en el campo.

Nelly Mendivelso
Unimedios

 

“Nos han dicho que los niños de Mochuelo son muy pobres”, decía Angie Natalia, de primero A del colegio Iparm, al tiempo que miraba a través de la ventana del bus las montañas, las casas improvisadas y el inmenso botadero de basura que había rumbo a la escuela de Ciudad Bolívar.

El camino escarpado alejaba a los ansiosos niños del Iparm de la gran urbe para situarlos en la vereda Mochuelo, en las afueras de Bogotá. Pronto, los cerca de 40 escolares se encontraron frente a la puerta del CED Mochuelo Alto. Tras mallas de alambre, una cancha de fútbol vacía aún no satisfacía su curiosidad: “Yo les traje galletas y otras cosas que envió mi mamá”, dijo Mateo, mientras buscaba los rostros de los niños de los que le habían hablado.        

En fila india y guiados por su profesora Fanny Nava, ingresaron a la escuela. La primera bienvenida la dio el rector Parmenio Hernández. Él contó que en la institución tienen 35 alumnos de preescolar y 285 de primaria. Mientras mencionaba que el 80% de los estudiantes llegan a Mochuelo Alto en ocho rutas que los recogen desde La Candelaria, pasando por San Francisco, el Lucero, San Joaquín, entre otros barrios de estrato 1 y 0,  condujo a los estudiantes del colegio de la Universidad Nacional de Colombia a las aulas.      

Frente a frente, los escolares tanto del Iparm como de Mochuelo, se mostraron tímidos, tanto así que la primera actividad, denominada “Empezar a buscar amigos”, les costó a algunos un poco de trabajo. Sin embargo, en menos de 10 minutos ya estaban sentados tres y hasta cuatro en el mismo pupitre.

Para la profesora Adriana Vargas, coordinadora de segundo grado de la Escuela Mochuelo, “muchos de los niños de la institución no conocen la ciudad, por eso resulta significativo que se integren con niños que vienen de la urbe, de diferentes estratos y culturas”.

Para la profesora Nava, del Colegio Iparm, “se trata de una experiencia valiosa que los aproxima a realidades distintas y que van a recordar toda la vida”.

Como buenos visitantes, los niños del Iparm les llevaron roscones, y como buenos anfitriones, los niños de Mochuelo los recibieron con un bom bom bum.

Entrados en confianza, Yamel, estudiante del Iparm, repartió las regletas o trozos de madera de varios tamaños y colores con los que aprenden matemáticas. Asumiendo por un instante el papel de maestros, los pequeños del Iparm les explicaron cómo leer, sumar y restar con este juego didáctico.

A medida que transcurría el encuentro, la convivencia fue más notoria. “Al comienzo tenía nervios, pero ya se me pasaron”, dijo Luisa, una menor de 8 años del barrio San Joaquín. Esta sensación la hizo evidente cuando sacó de su cuaderno una tarjeta de cartulina en la que había dibujado varios corazones.

Tras Luisa, los otros niños de la Escuela Mochuelo pusieron sobre su pupitre trozos de cartulina similares. Algunos habían preferido rellenar los corazones con escarcha; otros, rebosarlos de color. Sin embargo, el mensaje que expresaban era el mismo: “Gracias por venir a visitarnos, este es un detalle de amistad”.

Las tarjetas se las entregaron a los visitantes, que las recibieron con sorpresa y cordialidad. Con estos detalles se fueron acercando hasta darse cuenta que tenían mucho en común: Su sonrisa, el gusto de estar unos con otros, y los cuadernos escritos con letra pegada, como parte de un proceso de aprendizaje en el que la profesora del Iparm Fanny Nava ha tenido mucho que ver.

Según el rector de la Escuela Mochuelo Alto, desde el año pasado, gracias a Fanny, la institución implementó una nueva forma de aprendizaje denominada “lenguaje natural”, que cambia el tradicional método de enseñanza, basado en la educación repetitiva, por el conocimiento natural y espontáneo de cada niño.

“Les enseñamos poemas, coplas y adivinanzas. Ellos las escuchan, las observan en los libros, y luego inventan y escriben cuentos con su propia letra. Posteriormente leen sus escritos, la profesora los corrige, y el siguiente paso es que ellos mismos comparen su grafía con la corrección”, dice la profesora Gloria, de la Escuela Mochuelo.

“Así, sin presión y a su propio ritmo, cada niño está aprendiendo a leer y escribir”, asegura orgullosa la profesora. 

 

Mochuelo Vs. Iparm

La integración en los salones de clase fue fundamental para el momento más cercano entre los niños del Iparm y Mochuelo Alto. A las 10: 30, sonó el timbre para el recreo. Unos y otros salieron abrazados al parque del colegio.

En la zona de alimentación (las gradas de la cancha de fútbol), los niños de Mochuelo recibieron el refrigerio diario que les da la Escuela. Según el rector Hernández, “entre los niños de Mochuelo existen serios problemas de desnutrición. Para muchos, el único alimento del día es el refrigerio que les da la institución”.

Quizá por eso, Carlos David, de 8 años, se comió solo el lácteo y la fruta, y guardó el pan y la gelatina que le habían entregado en una bolsa plástica. Al preguntarle por qué no los consumía, respondió: “Los guardo para comérmelos el sábado, pues no sé si mis papás tengan algo para darme de comer”.

Otros niños de Mochuelo no dudaron en compartir su refrigerio con sus amigos del Iparm, quienes en un gesto espontáneo y propio de los niños, sacaron de sus poncheras los alimentos y les ofrecieron también.

Después de la merienda, vino un reñido partido de fútbol, que en realidad jugaron con las manos, no se sabe por qué. Los dos equipos supieron representar bien a sus colegios, solo que los anfitriones derrotaron a los visitantes 2 goles por uno.

En el parque, la amistad entre grupos se consolidó. Alexánder, de 7 años, les contó a varios de niños del Iparm que después del colegio debía ayudar a su padrastro en las labores del campo: “Yo soy el que aparta los terneros de las tetas de las vacas, para que no se les tomen toda le leche, pues la vendemos para poder comer”.

Miguel les contaba que tenía cuatro hermanos,  que su mamá vendía frutas y su papá trabajaba en pañete. Por ser el mayor (11 años), debía cuidar a los otros: “Por eso prefiero venir a la escuela a aprender, pues no me gusta esa responsabilidad”, les dijo.

Cerca de las 12 del medio día, la mañana llegó a su fin.  Como los mejores amigos se despidieron. “¿Cuándo vuelven?”, preguntaron unos estudiantes de Mochuelo Alto. “No sabemos”, respondieron los niños del Iparm.

 

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